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Escrito por Mariano Estrada
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08/01/10 |
Habitamos el círculo de luz que nos depara el fuego y, haciendo corazón de la alterada sangre, invocamos las íntimas alondras que, al pairo del amor, sobrevolaron espacios de familia.
Y libamos la miel de la palabra antigua sobre un tronco de paz que maduró en el roble: ese roble que habita mi dolor y los paisajes lentos del otoño.
Con la forma del humo, una nube de ausencias se posa en el tamiz de la pupila y a los ojos ascienden atanores de lágrimas y tiempo.
Llueve. Y la tierra se empapa de esta lluvia espesa que humedece la raíz de los cultivos, y las ramas sin lustre de este árbol triste de carne y de sequía.
La mañana es de paz y huele a ozono. Los rayos del amor han sembrado cristales en las hojas maduras de los robles. Δ
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